Atracción
(cuando no es sexo, es vida pidiendo paso)
Siempre he pensado que la atracción en mí no pasa desapercibida.
Soy un picaflor. O un picacapullo. No lo sé del todo. Pero la atracción –esa fuerza rara– me convoca entero.
Cuando la atracción no es sexo
Me atraen los chicos, sí. Pero no hablo de sexo.
Hablo de esa atracción que despierta la piel, la cabeza y algo más abajo del lenguaje.
Hay un compañero que se me cruza a menudo. No sé por qué él. O quizá sí.
Tiene algo que me convoca entero. No es amor romántico. Es amor al otro. Amor al artista. Amor a lo que vibra cuando alguien está siendo.
Esa atracción no quiere poseer. Quiere acercarse. Mirar. Respirar en la misma frecuencia.
Ellas, el afecto y el cuerpo que aprende
Y luego están ellas. Mis compañeras. Ellas me atraen muchísimo. Y aquí la palabra atracción se vuelve otra cosa.
Durante el proceso de Normas, triquiñuelas y otros cuentos hemos compartido olores, sudor, risas que manchan, lágrimas que limpian, abrazos que antes no sabía dar.
Yo no era de abrazos. Eso decía. Ahora ya no puedo decirlo.
Desde que empecé Arte Dramático –Creación– el afecto germinó, floreció y, sin darme cuenta, me fortaleció.
Aprender a dejarse querer
El otro día, abrazando a Lucy, me dijo: “¿Quién lo diría, eh? Tú pidiendo abrazos…” Y pensé en primero. En el hermetismo. En la coraza bien planchada. He aprendido lo que es piel con piel. Dejarme querer. Querer sin plan. El cuerpo aprende antes que la cabeza. Siempre.
Escenas mínimas (sin épica)
Recuerdo un momento pequeño. Íntimo. Sin épica.
Mi cama. Las 7:00. La alarma.
Yo, que siempre me levanto de golpe a producir, producir, producir.
Ese día no.
Me quedé mirando a un ser especial dormir. Unos segundos. Silencio. Dos besos pequeños en los labios. Casi un susurro.
Y luego sí: a producir.
Me nació así. Sin cálculo.
Consentimiento, cuidado y presencia
Sí, me marqué un Rubiales. Pero con consentimiento. Con respeto. Con admiración. Con compañerismo. Que no es lo mismo besar desde el ego que desde el cuidado.
La diferencia no está en el gesto, sino en la intención que lo sostiene.
Arte Dramático como territorio expresivo
Este proceso en la ESAD –que aún no ha terminado– ha sido brutal.
La piel erizada. El cuerpo diciendo “toca”. La mente diciendo “acércate”.
Tengo una necesidad de expresar que no se puede disimular. Y, qué cojones, tampoco quiero.
Soy artista. Antes que prudente.
No me he callado. No me he escondido. Y estamos en Arte Dramático: un lugar donde la inexpresividad es casi una traición.
Todo lo que se movió
¿Que hay cosas mejorables? Claro. Pero también pasó esto:
Levantamos una Asociación del Alumnado que nos arrancó pelos, pero era necesaria.
Nos quejamos formalmente de una pedagogía que no cuidaba. Y pasamos página.
Vivimos una Commedia dell’Arte con dos seres de luz que me hacen llorar cada vez que los veo. Amor incondicional. Mezcla italiana, venezolana, francesa, española, inglesa. Un cruce de acentos y afectos. Ellos son Teatro Strappato
Cambiamos de coordinación. Con Concha: creación hasta la médula, curiosidad encendida. Con Bea: clown, juego, calma, acompañamiento de diez.
Cierre (y promesa)
Mi paso por esta escuela ha sido intenso. Con alguna desgracia. Pero sostenido. Nos sostuvimos. Las unas a las otras.
Esto sigue. Pero empiezo a ver el final de una etapa y el inicio de otra. No hay nada que me guste más que empezar de nuevo. Formarme. Aprender. Ilusionarme.
Ahora me queda cobrar bien. Difícil. Pero confío.
Confío en la bondad del mundo, aunque a veces tambalee. Y aun así sigo. Sigo. Sigo.
Otro día hablaré del sostén grupal. De eso que pedagógicamente lo cambia todo
y que merece su propio espacio. Hoy quería hablar de la atracción.
De eso que no siempre es sexo. A veces es vida pidiendo paso.




basado en hechos reÁlex 🎭

