Auriculares, profundidad y otros ensayos del corazón
(o cómo escuchar cuando el mundo está en silencio)
Lo de los auriculares y no escuchar…
Antes llevar auriculares era una excusa discreta para fingir que no escuchabas, una mentira educada. Ahora, con la cancelación de ruido, directamente no escuchas.
El mundo se ha vuelto un escenario silencioso por defecto. Pero no porque no haya sonido, sino porque hemos perdido el hábito de sostenerlo.
Intensidad sin profundidad
Las relaciones van por el mismo camino: mucha intensidad, poca profundidad.
Lo dijo Blanca Portillo mejor que nadie, y lo cantan Aitana, Rosalía o Shakira desde el otro lado del altavoz: el temblor, la herida, la nostalgia, el “ya no estás”.
A mí la intensidad siempre me ha gustado. Pero cuando además es profunda… ahí sí: ahí es la función completa, la obra entera, sin recortes.
Decepciones, heridas y veinti todos
Claro que he vivido decepciones. Personas que creí que me querían y que, viéndolo desde hoy, quizá solo me quisieron un rato. Un instante.
Pero fue hermoso. Y me hizo sentir cosas que aún me atraviesan. Algunas preciosas. Otras incómodas. Otras, directamente, me joden.
Y ya casi entrando en los veinti todos, empiezo a entender que el maduro era yo, que el valiente era yo, que el que se expuso sin cancelación de ruido, fui yo.
Y ahora tengo miedo. Miedo a la próxima decepción, aunque hoy sienta —con una seguridad casi imprudente— que no va a llegar aún.
Pero llegará. Porque el futuro es infinito y las decepciones, por desgracia, también.
Elegir dónde ponemos la energía
Aunque ahí está la clave: podemos dirigir la energía.
Elegir dónde miramos.
Elegir si jugamos a perder o a aprender.
Elegir amor o interés.
Profundidad o intensidad vacía.
Las personas que no escriben
Y luego están esas personas.
Las que no escriben.
Las que se quedan en silencio.
Y yo, preguntándome si estarán enfadadas.
Pero… ¿enfadadas por qué?
¿Qué he hecho yo?
Mis amigas dicen que no, que no es enfado, que simplemente hay quien gestiona mal las despedidas, o los mensajes, o la incomodidad de tener que decir algo en primera persona.
Que hay quien prefiere intermediarios, pasillos laterales o la salida de emergencia antes que la puerta principal. Pero todo son hipótesis. Y yo quisiera un dato verdadero, una escena concreta, no este ensayo infinito que me monto en la cabeza.
La incertidumbre a veces me mata, te lo juro.
El capricho tierno de lo cotidiano
Y hoy —en uno de esos días densos— pienso que jamás compartiré intimidad con nadie. Que nunca conviviré con alguien. Que nunca me despertaré junto a alguien.
No me disgusta la idea, pero hay un capricho tierno en mí que sí lo desea:
Despertarme con alguien.
Ver quién prepara el desayuno.
Quién ríe primero con el aliento apestoso de la mañana.
Quién roba el primer beso.
Quién arropa a quién.
Ese pilla-pilla íntimo, hermoso, ese juego sin ganador, sin ego, sin fuga.
Un juego donde ambos conocen las reglas, pero juegan libres, juntos, sin cancelación de ruido.
Escucharnos sin auriculares
Porque, al final, la vida no es teatro. Pero se parece tanto que solo nos salva una cosa:
ESCUCHARNOS SIN AURICULARES
¿Qué ruido estás cancelando sin querer? ¿Qué escucharías si te los quitaras?


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