Cuando crecer duele distinto
(una reflexión escénico–emocional sobre vínculos, silencio y presencia)
A veces sucede: algo te hace daño. Y lo dices como puedes: medio en broma, medio en serio, con un emoji que amortigua, entre comas o entre comillas, como si el humor fuese un airbag emocional.
Siempre pensé que quienes más sufrían eran los niños y los adolescentes. Porque sienten sin filtro. Porque reaccionan antes de racionalizar. Pero resulta que crecer no te hace impermeable. Te hace consciente. Y a veces, lo consciente duele más.
El cuerpo adulto que también siente
A punto de cumplir los 29 tengo una sensación extraña: una incomodidad que, paradójicamente, se parece cada vez más a la indiferencia.
La bendita indiferencia. Esa fase final en la que la herida ya no sangra: solo cicatriza.
Soy neurodivergente, y mi cabeza a veces parece un escenario lleno de focos encendidos a la vez. Me rayo, pienso, sobrepienso, busco estrategias para alcanzar el acto de comunicación.
No manipular —aunque también me pregunto si intentar entenderlo todo es una forma de manipulación—. Pero si lo es, entonces es un oxímoron: la transparencia brutal no combina con la mentira.
Cuando el vínculo se enfría
Aun así… hay momentos fríos. Conversaciones heladas. Silencios que pesan. Interacciones que antes ardían y ahora crujen como hielo al romperse. Y entre ese frío, el cuerpo arde. Arde de ganas de decir, de explicar, de soltar. Arde por todo lo no dicho, por todo lo que no encontró un lugar para hacerse palabra.
Porque el silencio —el impuesto, no el elegido— puede sentirse como una forma de abandono.
Lo que la escena enseña sobre los vínculos
En comunicActor siempre digo que la presencia es vínculo. Y el vínculo solo sucede cuando dos personas se convierten en escena: cuando hay escucha, acción, respuesta, sostén.
Por eso desconcierta tanto descubrir que no todo el mundo sabe comunicarse, no todo el mundo sabe sostener vínculos, no todo el mundo sabe decir: “oye, me pasa esto”.
Hay quien evita. Hay quien huye. Hay quien delega lo emocional en el silencio, en las excusas, en burocracias del alma.
Y eso quema. O enfría. O ambas cosas a la vez.
Crecer escénicamente
Crecer también es esto: entender que la madurez no está en hablar mucho, sino en saber cómo hablar. No está en sentir intensamente, sino en mostrar aquello que se siente de forma honesta.
Porque lo adulto —y lo escénico— es comprender una cosa muy sencilla:
Querer no es sentir. Querer es demostrar.
Y quien no demuestra, se desvanece en escena aunque siga presente en el reparto.
¿Qué te costó más aprender en tus vínculos adultos: hablar, escuchar o sostener? Te leo cuando quieras.
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