Cuando estar disponible también cansa
(aprender a cuidarme sin dejar de ser quien soy)
Hay cosas que la experiencia me está enseñando y que no siempre sé dónde colocar.
No llegan como grandes golpes, sino como pequeñas escenas cotidianas que se repiten hasta que algo dentro empieza a moverse. ¡Qué faena!
La espera que no se ve
Me doy cuenta de que a veces espero llamadas que no llegan. No por dependencia, sino porque cuando alguien a quien quiero dice “te ll(amo)”, yo me quedo disponible. Presente. Con el teléfono cerca y la escucha abierta. Y cuando no sucede, no pasa nada… salvo que dentro de mí si pasa. Y no es enfado, de verdad que no, tampoco reproche, solo una sensación leve, difícil de explicar, pero real.
Cuando el vínculo se vuelve funcional
Me cansa sentir que muchas conversaciones solo se activan cuando hay que resolver algo, gestionar algo, aclarar algo.
Me cansa que el vínculo se apoye en lo práctico y no se detenga, aunque sea un segundo, en lo humano. En un simple:
¿Cómo estás?
También me cansa poner energía, atención y cuidado y quedarme a medias porque “ya hablaremos otro día”, como si lo entregado no contara.
La pregunta incómoda
Y aquí aparece la duda que me acompaña últimamente:
¿Soy ingenuo por seguir dando así?
¿Soy tonto por no saber poner freno justo con quienes más quiero?
¿O simplemente soy alguien servicial que todavía está aprendiendo a cuidarse
sin dejar de ser quien es?
Porque ayudar no me molesta. Al contrario. Ser, estar o parecer disponible, acompañar, sostener… forma parte de mi identidad. Lo que empieza a doler
no es dar, sino dar sin ser visto. Acompasar mi ritmo al de otros sin que nadie se pregunte cuál es el mío.
El desgaste que no se llama rencor
El inicio de un año siempre trae un espejo raro. No para hacer listas de propósitos, sino para observar con más claridad.
Y empiezo a notar algo que me desconcierta: cierta indiferencia.
No hacia cualquiera, sino hacia personas que antes ocupaban mucho más espacio emocional. Creo que no es rencor, es desgaste.
Y me sorprende, porque nunca he sido alguien a quien la gente le dé igual.
Tal vez estoy creciendo. Tal vez estoy entendiendo que cada cual protege lo suyo: su tiempo, sus intereses, su comodidad. Y que no siempre hay intención de dañar, sino falta de conciencia del otro. Aun así, duele ver ciertos patrones repetirse. Sobre todo en quienes han sido importantes.
Lo que empiezo a entender
No pido estar siempre presente en la vida de nadie. No pido centralidad, álexpocentrismo ni devoción. Solo algo sencillo: no borrar el pasado como si no hubiera existido, no hacer borrón y cuenta nueva para evitar conversaciones incómodas, no esquivar lo que pide ser nombrado.
Y también me hago otra pregunta, quizá la más difícil:
¿Qué me está pasando a mí, que comunico tanto, cuando se trata de decir cómo me siento? ¿Por qué bajo la cabeza, entiendo, acepto… y sigo? ¿En qué punto el amor por los demás se convierte en silencio hacia mí?
Cierre
La amistad (cualquier vínculo real) es dar y recibir. Sí, hay algo profundamente altruista en querer. Pero cuando entran en juego las emociones, el cuidado también necesita equilibrio. Si no, deja de ser generosidad y empieza a parecerse al abandono propio.
No tengo respuestas cerradas. Solo esta certeza en construcción:
Quiero seguir siendo quien soy, sin endurecerme, pero también aprender a no desaparecer en el proceso.
¿ALGUNA IDEA DE CÓMO SE HACE ESTO? ¡Dímelo por Dioh!
basado en hechos reÁlex 🎭

