Ni comparar ni imponer: acompañar
(una escena cotidiana sobre pedagogía y adolescencia)
Ni la comparación ni la imposición funcionan cuando hablamos de adolescentes. No así. No desde ahí.
No lo digo como consigna pedagógica, sino como constatación. Como algo que se confirma cuando te sientas a escuchar de verdad.
Crear, perderse, observar
Durante un proceso creativo reciente estuve inquieto. Hubo un momento en el que no sabía muy bien qué estaba haciendo. Y entendí algo que luego volvió a aparecer en otro contexto:
A veces crear también es perderse.
Lo mismo sucede en los procesos vitales. Y la adolescencia es, quizá, uno de los territorios donde más se exige claridad… justo cuando menos hay.
Una casa, dos edades, una misma tensión
En un mismo espacio convivían dos momentos vitales muy distintos. Por un lado, la infancia: aprendizaje concreto, juego, reglas claras, error permitido. Por otro, la adolescencia: bloqueo, cansancio, preguntas sin respuesta, desorientación.
El adolescente no quería estudiar. No se veía estudiando. Y tampoco veía alternativas.
No había rebeldía explícita. Había vacío. Una sensación de “no encajo aquí, pero tampoco sé dónde”.
Y ahí aparece una tentación muy adulta: imponer soluciones. comparar con otros, apelar al miedo, al futuro, al “cuando yo tenía tu edad”.
Nada de eso funciona.
Cuando el adulto se queda sin herramientas
En estos momentos se revela algo incómodo: muchos adultos no saben qué hacer cuando el adolescente no responde a lo esperado.
Y entonces surgen frases bienintencionadas pero dañinas:
“Es una etapa”
“Ya se le pasará”
“Tiene que esforzarse más”
“Otros lo tienen peor”
La comparación hiere. La imposición bloquea.
Porque el adolescente no está pidiendo una respuesta cerrada, está pidiendo un espacio donde pensar sin ser juzgado.
Enseñar no es solo transmitir
En este punto aparece el choque de modelos educativos.
Uno más tradicional, que entiende que el docente “enseña contenidos” Otro –en el que me sitúo– que entiende que el docente despierta curiosidad, acompaña procesos y sostiene preguntas.
El adolescente está en un momento de extrema sensibilidad.
Lo percibe todo.
Aunque no sepa nombrarlo.
Su cuerpo registra antes que su discurso. Su desmotivación no siempre es pereza: muchas veces es desconexión del sentido.
El lenguaje como cuidado (o como herida)
Aquí el lenguaje se vuelve clave. No es lo mismo decir: “no te esfuerzas” que “parece que algo de esto no te está encontrando”.
No es lo mismo imponer un camino que ampliar horizontes.
Hablar de ritmos vitales. De oficios. De trayectorias no lineales. De la posibilidad de equivocarse sin quedar fuera del sistema.
Sin decidir por él. Sin colonizar su futuro.
Acompañar no es dejar hacer
Acompañar no significa ausencia de límites. Significa presencia consciente.
Límites que no castigan, sino que sostienen. Espacios donde el adolescente pueda decir sin miedo y equivocarse sin castigo. Donde no se le exija tener claro quién va a ser, pero sí se le permita explorar quién está siendo. Esto, pedagógicamente, es fundamental.
Una pedagogía del proceso
Desde el teatro de creación y el trabajo corporal lo veo constantemente: cuando el proceso importa más que el resultado, cuando el error no se penaliza, cuando la escucha es real, el adolescente aparece.
No siempre como esperamos. Pero aparece.
Tal vez su motivación no está en los contenidos, sino en el vínculo. En sentirse mirado sin ser medido.
Cierre
Tal vez soy idealista. Puede ser. Pero sigo creyendo que la pedagogía no va de moldear, sino de caminar al lado mientras algo se construye. Ni comparar. Ni imponer. Acompañar. De eso también va educar.
basado en hechos reÁlex 🎭



Totalmente de acuerdo