No sé absolutamente nada
(idea a dos orillas: Occidente y Oriente)
Dicen que en Oriente la gente camina despacio, con el espíritu por delante. Por el contrario, en Occidente corremos siempre un poco más que nuestra propia sombra,
como si temiésemos que la vida nos alcanzara.
Yo nací en Occidente: en la prisa, en el ruido, en el ego que se derrama sin pedir permiso. Pero últimamente, me descubro hablando demasiado de mí, como si necesitara existirme en voz alta para no desaparecer. No sé si es necesidad, vanidad o simplemente costumbre. En Occidente a eso lo llamamos “compartir”; en Oriente, quizá lo llamarían ¿“agitar el agua”? No sé…
Y lo cierto es que no sé absolutamente nada. Pero no saber nunca ha impedido que opinemos.
Juzgamos sin mirar. Opinamos sin conocer. Y nos creemos expertos en mundos que nunca hemos pisado.
Y yo, el primero.
Publicidad interior
A veces pienso que hago demasiado spam de mí mismo: en redes, en clase, en conversaciones.
Publicidad interior. Autobombo emocional. Un cartel luminoso anunciando que existo.
Lo digo sin drama, pero con pudor. Porque es difícil escapar de aquello en lo que trabajas. Cuando toda tu vida gira en torno a comunicar, comunicarte se vuelve un acto reflejo (¡chis!).
Les digo a mis adolescentes que escribo, pero no siempre soy del todo honesto –aunque ahora que lo pienso, sí, sí que lo soy… la honestidad para mí (autobombo, joder) es muy importante: escribo con ChatGPT, desde lo que observo en ellos, para lo que necesitan.
¿Es mentira?
¿Es colaboración?
¿Es adaptación?
¿Soy hipócrita?
¿Mentiroso?
¿Oportunista?
¿Existe realmente alguien que no sea oportunista en algo?
No tengo respuestas. Solo dudas. Y un eco que vuelve: hablo demasiado de mí. O quizá no demasiado, pero desde un lugar que no me termina de gustar. Como si necesitara explicarme para justificarme. Como si la palabra “yo” pesara más que mis hombros.
Entonces los veo a ellos
Y ahí cambia todo. Su entusiasmo. Su volumen sin filtro. Ese brillo tan suyo que se parece al sol antes de aprender a ser discreto. Los veo reír con la boca entera, caerse de la silla o sentarse a charlar con un desconocido (junto a su madre) y entregarse a un juego como si fuera el primer descubrimiento de la humanidad. Es que me emociona pensarlo… ¡quiero ser niño!
El niño no se analiza.
No se diseña.
No se vende.
El niño está fuera.
Mirando el mundo.
Atrapa detalles. Escucha el mundo sin nombrarlo. Y me pregunto cuándo perdimos ese gesto. Cuándo dejamos de mirar hacia fuera para encerrarnos en el espejo interior.
A veces me preocupa que sus miradas, tan nuevas, vayan cerrándose poco a poco hasta reducirse a los cuatro lados fríos de una pantalla.
Esa ventana que promete mundos pero encierra miradas.
Un cuento sobre volver a mirar
Al final, este no es un cuento sobre Oriente ni sobre Occidente.
Es sobre mí.
Sobre ellos.
Sobre todos.
Sobre aprender a dejar de ser el centro de mi propio discurso para volver a ser alumno del mundo.
Un aprendiz del silencio.
Un habitante del asombro.
Un viajero que, por fin, acepta que no saber es una forma magnífica de volver a mirar. Porque, aunque me cueste admitirlo,
no sé absolutamente nada. Y en ese vacío honesto empieza todo lo demás.
→ ¿Has vivido algún momento que te recordó lo poco que sabías? Cuéntamelo, quiero leerte.
✍️
Gracias por llegar hasta aquí. Si lo que has leído te ha removido, compártelo con alguien que lo necesite.
📩 Puedes escribirme respondiendo directamente a este correo —me leo todo.
🌐 Más sobre mí en: alextersse.com
📸 Instagram: @terssealex
basado en hechos reÁlex 🎭

