Accidentes, lesiones, heridas, hospitalizaciones, caídas, pájaros, comidas, medicinas. Desayuno, almuerzo, comida, merienda y cena. Peticiones de mano para el baile contigo.
Menudo campamento.
Nuevo lugar, nueva forma de adaptarse. Un sitio más grande, con instalaciones maravillosas para hacer teatro y, además, convivencia con otro campamento en el que sé perfectamente que ellas se han fijado.
–El moreno, el moreno.
–¿El rubio?
–No, el rubio no. El moreno. ¿Puedes ayudarnos a descubrir su nombre?
Prioridades.
Este año ha habido nuevas caras y qué maravilla. Queridos acampados: sois artistas. Sensibles, dramáticos, quejicas –muy quejicas–, pero ahí, ahí dentro, en ese corazón y en ese cerebro que tenéis, en esas lágrimas que estos últimos días ya se desprendían sin pedir permiso, habita la sensibilidad de cada uno de vosotros. Y qué hermoso es convivir con sensibilidades así.
Compartir, expresar, creer en lo que hacemos, creer en el otro, creer en ti, en uno mismo. Eso no deberíais dejar de hacerlo nunca.
La pausa
El mundo está muy revuelto. Incendios, guerras, rapidez, ruido, urgencia. Un ritmo frenético que hace cada vez más difícil parar. Y aquí, durante diez días, en nuestra particular Isla de los Sueños, hemos encontrado la pausa.
¡Oh, capitán, mi capitán!
La pausa. Ese freno ante tanto automatismo. Esa pausa tan importante en teatro y tan cargada de significado. Por Dios, ¡qué pausa! ¡Qué maravilla! ¡Pausa compartida! ¡Pausa para la humanidad! Y lo hemos logrado, chicos. Lo habéis hecho vosotros.
Vivan los calores. Vivan los sudores. Vivan los abrazos tan verdaderos, tan verdaderos, que alguien se pone a llorar mientras intenta decirte algo y tú no entiendes absolutamente nada.
Y asientes. Y asientes. Y sigues asintiendo. Y mientras tanto piensas:
¿Qué me ha dicho?
Pero da igual. Porque quizá no hacía falta entenderlo. A veces solo hacía falta estar. Y eso también es la pausa. Vuestra pausa. Nuestra pausa compartida.
Caminar por el espacio
Cuando en clase os decimos que caminéis por el espacio –además de porque es uno de esos ejercicios teatrales que los profesores podemos repetir hasta la extenuación– lo hacemos para que os deis cuenta de cada paso que dais.
Caminad.
Ocupad el espacio.
Cambiad de dirección.
Mirad.
Respirad.
Y cuando lleguéis a un lugar, cambiad de dirección, porque el mundo es muy grande y sigue girando. Y, si lo pensáis, nosotros también hemos ido cambiando de dirección. De Albaida a El Campello. Y quién sabe cuál será la siguiente.
Cuando os decimos «mirad al mundo», lo hacemos para que no os quedéis ensimismados en vosotros mismos. No os hace falta tanta autoexigencia. Tampoco tanta urgencia.
A veces basta con la presencia.
Ya sois hermosos. Olvidaos un poquito de vosotros mismos. Respetaos siempre, por supuesto, pero mirad. Mirad ahí fuera. Hay todo un mundo por descubrir y millones de personas que pueden formar parte de vuestras historias de un modo u otro.
Quizá no se trate tanto de que vosotros os preparéis para el mundo. Quizá se trate de que el mundo sepa:
Ojo. Ey. Ou yeah. Que allá voy. Y voy con todo.
Irse también forma parte del viaje
Este año yo ya no estaré en Tramoya. Y, por tanto, tampoco sé si podré estar en el campamento del año que viene. Hay nuevos sueños, nuevas ilusiones, nuevos proyectos teatrales, nuevas direcciones que tomar. Y no sé si volveré a ver a muchas de las personas con las que he compartido estos días. Supongo que por eso esta despedida ha sido tan especial.
Ian, mi hermano pequeño. Primero fuiste alumno, luego te convertiste en amigo y hoy somos compañeros de profesión. No me digas que eso no es hermoso. Cinco años juntos. Conversaciones en tu piscina, en la mía, trayectos en coche, confesiones, mucho chisme también, risas, algún que otro lloro y cero enfados. Y cálidos abrazos. Ahora, además, tomas el relevo en la que ha sido mi casa durante estos últimos cuatro años de carrera. Y no se me ocurre un relevo mejor. Es muy especial saber que tú ocupas ahora ese hogar, además del que yo te voy a guardar en mí. Sigue construyendo tu camino, querido amigo. Sigue ondeando la bandera del esfuerzo y del talento que yo sé que tienes. Te quiero.
Leyre. Empezamos esta aventura juntos hace cuatro años, cuando nos preparábamos para entrar en la ESAD de Murcia, y hoy aquí estamos: abrazándonos, queriéndonos y trabajando juntos. No te imaginas la ilusión que me hace tenerte aquí y tenerte siempre. Recuerdo aquel día, en las puertas de la ESAD, cuando me pediste un abrazo. Un abrazo que calma a tremendo látigo que tú eres. Llena de energía, de fuerza, sabia en límites, aprendiz de paciencia e irradiación musical. Empática y llena de cariño hacia los demás: no olvides darte también cariño a ti. Cuídate. Viva siempre tu intensidad. No dejes de vivirla como la vives. Sigue explorando y jugando con ella. Te quiero, te amo, te beso, te abrazo y ojalá sigamos acompañándonos muchos años más.
Carla. Cuánto me he reído contigo. Perdona por no tomarme en serio las escenas. Lo he intentado fuertemente, pero no hay manera. Me haces mucha gracia. Me has regalado momentos de risa y carcajadas muy reales. Gracias por compartir conmigo parte de tu historia, por nuestras conversaciones, por mostrarnos tus lágrimas, por tu paciencia, por tu capacidad para administrar, comprender y estructurar cada momento. Eres un ser excepcional. Te lo digo de verdad, genuinamente. Hay mucha bondad en ti. Reivindícala siempre. Sigue esa estela. Te abrazo muy fuerte.
Sabrina. Aprendiz de monitora. Dadas todas las circunstancias, creo que has aportado algo bonito y especial a los chavales. No hemos tenido demasiado tiempo para hablar de cosas que no fueran campamento, pero justamente por eso también te doy las gracias: ha sido una forma de vivir el presente, el aquí y el ahora. Como compañera, te deseo crecimiento y evolución en cada paso que decidas dar, sea en enfermería o en las actividades de tiempo libre.
Gracias.
Y a vosotros
A los chavales y chavalas veteranos que vuelven cada año… Uf. ¿Qué os voy a decir?
¿Ser o no ser?
¿Soñar o no soñar?
¿Llorar o no llorar?
Yo os digo:
¡A VIVIR!
A vivirlo todo.
Niños que poco a poco se van convirtiendo en adolescentes y que, tarde o temprano, se convertirán en adultos. Puede que algunos incluso acabéis siendo monitores. Nunca se sabe. Cuánto os queda por vivir. Y qué hermoso ha sido poder mirar el mundo durante unos días desde vuestros ojos. Esos ojos que el último día estaban llorosos y brillantes. Puede que a algunos ya no vuelva a veros. Y me basta con pensar que quizá os quedéis con algo de lo vivido aquí conmigo. Mi deseo es haberos aportado alguna cosa que recordéis dentro de muchos años. En una de nuestras últimas noches os confesé cuál es uno de mis mayores miedos: que me olviden. Que no me recuerden. Aunque, por las palabras con las que habéis descrito lo que sentís hacia mí, sospecho que no va a suceder. Y aunque suceda, también estará bien.
Porque la vida cambia.
Las personas somos pasajeras.
No somos imprescindibles.
Quizá ahí esté también una parte preciosa de educar, de acompañar o de hacer teatro con otros: aceptar que aquello que construyes deja de pertenecerte en cuanto lo compartes. Yo no sé qué vais a recordar exactamente.
Quizá una clase.
Una frase.
Una improvisación.
Un abrazo.
Una bronca.
Una estupidez.
Una noche.
Un juego.
O absolutamente nada de lo que yo considero importante y, en cambio, aquel HIA con estornudo y sonada de mocos de Guille. Quién sabe.
Vosotros, en cambio, amados náufragos e isleños, para mí sois inolvidables.
Me habéis dado momentos que se van a quedar en mi patata para siempre. Desde ese HIA hasta la última de las caídas, que pocas no han sido. Gracias por vuestras cartas. Por vuestros abrazos. Por ayudarnos cuando os lo pedíamos y también cuando, simplemente, os nacía hacerlo.
A las nuevas caras, a esos nuevos náufragos que este año han llegado a nuestra isla, gracias por intentar remar en una misma dirección ante tanta deriva. A veces es difícil. Pero es que somos isleños diversos. Y además del valor de la autenticidad, está el valor de la diversidad: todos esos colores distintos que han terminado formando el lienzo que hemos creado durante estos diez días. No os imagináis lo bonito que es sentiros tan cerca. Para mí sois un poquito como mis primos, mis hermanos pequeños, mi tribu. Tal vez eso haya sido realmente la Isla de los Sueños. No el lugar. No las instalaciones. Ni siquiera el campamento. Sino ese pequeño espacio que hemos construido durante diez días en mitad de un mundo que va demasiado rápido.
Un lugar donde parar.
Mirarnos.
Jugar.
Hacer teatro.
Llorar.
Reír.
Abrazarnos.
Y después, inevitablemente, volver a caminar por el espacio.
Porque el ejercicio continúa. Caminad. Mirad al mundo. Cambiad de dirección cuando lo necesitéis. Y cuando sintáis que todo vuelve a ir demasiado deprisa, recordad que existe la pausa. La vuestra. La nuestra. La que compartimos una vez en una isla. Os quiero mucho, tribu.
¡Vivan vuestros colores! Vive tú. Vivamos todos.


